Mascotas en paz

Un empresario lenense mantiene desde hace algunos meses el incipiente y discreto negocio de la incineración de mascotas en Asturias. Se trata de un servicio pionero no sólo en la región, sino en toda España, donde apenas compite con otros cuatro o cinco centros de similares características, y que ha logrado hacerse con buena parte de la demanda de la zona norte. «Cada vez son más las personas que deciden despedir con dignidad y de forma personalizada a sus animales domésticos», resalta José Maestro.

La mayoría de sus clientes -en torno al 80%- se inclina, no obstante, por las incineraciones colectivas, cuyo coste, dependiendo siempre del peso del animal, suele oscilar entre los 40 y los 70 euros. Quien se decanta por la incineración individual puede llegar a pagar 150 euros, lo que permite al usuario abandonar el centro con las cenizas de su mascota.

Maestro cuenta que fue durante un viaje a México cuando, tras ver un novedoso sistema de convivencia entre crematorios humanos y animales que opera en esa urbe, se decidió a importarlo a Asturias, donde hasta ese momento la incineración animal corría a cargo de las empresas de limpieza, pero por simples motivos de higiene y sin importar la vinculación afectiva con el animal.

Los retrasos en la tramitación administrativa de la idea le obligaron a aparcar el proyecto durante varios años y a montar, de forma paralela, un hotel canino en las afueras de Lena. En el primer trimestre de 2006 y tras varios años de espera, el primer crematorio animal del Principado, que comparte instalaciones con la residencia canina, empezó a funcionar en período de pruebas. Ahora, Maestro presume con orgullo de haber recibido la visita de varios empresarios interesados en imitar su proyecto en otras regiones de España.

Máxima discreción

El promotor también habilitó una furgoneta a modo de funeraria para recoger los cuerpos de los animales. «Empezamos trabajando de la mano con los veterinarios», apuntó Maestro.

Al igual que ocurre en la incineración humana, las instalaciones de la localidad lenense de Brañavalera, a dos kilómetros de la capital del concejo, han sido cuidadosamente diseñadas para garantizar la discreción y proteger la sensibilidad de los usuarios.

Existen dos entradas diferenciadas y un pasillo interior que, desde la sala de espera, permite conectar con el crematorio. El horno todavía está caliente. Pesa alrededor de 8.000 kilos y, durante las dos horas de media que dura el proceso, adquiere temperaturas de hasta 1.000 grados. A escasos metros, una mesa soporta tres bolsas con cenizas de diferentes tamaños y preceptivamente cerradas. «Son las normas», remata Maestro, tras explicar que debe entregar sellada tanto la bolsa como la urna.

En una pequeña chapa dorada se puede leer el nombre de la mascota y las fechas de nacimiento y muerte o ambas. «El cliente elige», dice sin querer desvelar la raza del perro que acaba de ser incinerado en aras de salvaguardar la sensibilidad de su dueño. «Lo normal es que la familia incinere a su mascota con su pelota, manta o juguete favorito», dice el empresario, quien asegura estar dispuesto a atender la última voluntad de sus dueños.

Sabe muy bien que hay gente que sufre la muerte de sus animales como si se tratara de un ser querido. «Un perro estuvo tres días en la cámara frigorífica porque su dueño se empeñó en que buena parte de la familia presenciara el ritual», dice. Hay quien no descansa hasta que se cerciora de que es su perro el que entra en el horno. Y hubo quien quiso incinerar a su animal junto a un ramo de rosas rojas.

El equipamiento, aunque pensado especialmente para perros y gatos, está a disposición de cualquier tipo de animal de compañía. «De momento, la demanda se ha restringido a perros y gatos», asegura Maestro. Ya en su despacho, una vidriera exhibe las diferentes urnas funerarias. Algunas pasarán a integrarse con discreción en el mobiliario de una casa. Pero cada vez son más las mascotas incineradas que terminan compartiendo sepultura con sus dueños.

Fuente: El Comercio Digital

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